Claudio

OPINION // DRA. CLAUDIA VIVEROS LORENZO// SIN MEDIAS TINTAS.

La otra vez les conté sobre André. Pero tengo dos. Sí, tuve dos para que siempre se acompañaran, para que se tuvieran el uno al otro, para que vivieran toda una  primera parte de su historia juntos y construyeran recuerdos y complicidad que solo los hermanos se pueden dar. Es un hecho que a los dos, los amo por igual, pero también que sé reconocer las dos personalidades marcadas que tiene cada uno, y eso hace que en mi vida, ocupen espacios diferentes, pero no en mi corazón. Claudio nació cuatro años y medio después que André. Y desde que supe que lo llevaba en mi vientre supe que era Claudio, como su abuelo, como yo, y como infinidad de primos, y tíos, que ostentan el nombre en mi peculiar familia paterna, donde la denominación de los hermanos patriarcas son usados una y otra y otra vez como símbolo de continuidad en el linaje del apellido. No está usted para saberlo, pero si encuentro un Jorge, un Francisco, una Fanny, o una Claudia o Claudio y lleva mi apellido paterno enseguida me salta la curiosidad de indagar si es mi pariente, porque sé perfectamente que somos fanáticos de designarnos de esa manera. 

Pero volviendo al punto: Claudio. Nació fuera de la casa de la abuela materna, no como el mayor que fue arropadísimo y sumamente mimando e idolatrado. A Claudio le toco una situación completamente distinta. Tanto que, a los veinte días de nacido, ya andaba yo con todo y una segunda cesárea, conduciendo con él sentado en su sillita de bebé, llevando a la escuela a su antecesor y haciendo todo lo necesario para sobrevivir, puesto que nos encontrábamos solos y lejos de la familia. Desde chiquito se autodenominó: “El pollito” y luego pasó a ser por muchos años, “El Gordo”, hasta que se me ocurrió llevarlo a clases de básquet y dio el “estirón” y ahora es un adolecente de trece años que mide 1.73 cm,  delgadísimo. 

Y así como es de alto en estatura, es grande de personalidad. Es de mente veloz, atrevido, mal hablado, ama a los animales, contestón, enojón, pero no rencoroso. Está ávido de comerse el mundo a mordidas, tenaz, observador, extrovertido, crítico y sin filtro. En una palabra: libre. Y es esa libertad e independencia en la que lo construí, lo que me hace admirarlo y reconocer que a ese ser intrépido no se le cerrarán las posibilidades. Con él completé las dos caras de mi moneda, tengo los dos polos. Los dos extremos. Y no me quejo. Los dos me enseñan. Claudio como su primer apodo, sí, a pesar de todo, es un pollito, o por lo menos así tiene el corazón: de pollo. Detrás de la careta de chico intrépido, es sentimental a morir. Siempre piensa en su hermano, al que respeta y obedece si yo no estoy presente. Se preocupa por el prójimo.  Le ha tocado vivir cosas muy difíciles junto a mí, pero nunca se ha rajado y sigue caminando conmigo, siendo valiente y mirando al frente como le he enseñado.

No soy perfecta, y no creo ser una madre demasiado exigente. Lo único que deseo es verlos felices. Me gusta imaginar como será dentro de diez o quince años, de que forma se enamorará, qué decidirá estudiar, que penurias me hará pasar en su construcción para llegar a ser ese adulto que sueño: hecho y derecho. Pero confío, que lo lograremos y alcanzaremos dulces victorias. No deseo que me retribuyan nada, más que como dicen las abuelas de antes, sólo que no me traigan problemas. Pero más que traerlos, lo único que deseo es que siempre, pase lo que pase, sepa él como resolverlos. Mi Claudio, seguramente no leerás estas líneas y si lo haces, quizá no te signifiquen todavía demasiado. Pero me encargaré de guardarlas, para que algún día recuerdes que hoy te reafirmo que te amo, que te desee desde siempre y te di la vida con toda mi voluntad de acompañarte en la tuya. Gracias por dejarme amarte. Dios te bendiga siempre.

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