- La dolorosa normalización de la ausencia
Mientras caminaba por la avenida Juárez de mi querido Tuxpan, con la mente abrumada por mil pensamientos y el ánimo un tanto decepcionado por otras tantas cosas, mi mirada se topó con una realidad que detiene el tiempo. En los postes de luz, de telefonía y en algunas paredes, se amontonan las fichas de búsqueda de personas desaparecidas. Al ver esos rostros, el pensamiento me llevó de inmediato a los míos. Pensé en mis hermanos, en mis sobrinos, en mis padres, en mis seres queridos; imaginé por un segundo el dolor de que alguno de ellos faltara, y sentí un vacío tremendo y frío en el estómago.
En ese instante, en medio de mis propios problemas, no pude más que agradecer. Agradecer porque, dentro de todo, yo no estoy en los zapatos de esos cientos de padres, hijos y hermanos que hoy buscan a los suyos. Esos buscadores que mantienen viva una llama de fe que por momentos parece agonizar, pero que el amor puro e incondicional vuelve a encender para continuar la lucha.
Al acercarme a observar las fichas, vi los nombres y las fotografías de muchos jóvenes. Nombres que, debo confesar con profunda pena y desde mi trinchera como periodista, nunca leí en una nota informativa, ni escuché en la radio o en la televisión. La búsqueda de estas personas debería conmover corazones y sacudir las conciencias de la sociedad y de las autoridades. Sin embargo, la cruel realidad es otra: en nuestro país se está normalizando que la gente desaparezca y que todo quede en la nada. Quizá nos hemos vuelto indiferentes porque no nos ha tocado vivirlo en carne propia, y ojalá nunca tengamos que pasar por ese infierno para poder entenderlo.
Es momento de cuestionarnos el papel que jugamos como comunidad. ¿Por qué en lugar de criticar, juzgar o mirar hacia otro lado ante las acciones de búsqueda de miles de familias a las que les falta alguien en su mesa, no nos unimos a su causa? Nos falta empatía para compartir una ficha, para difundir un mensaje y para exigir con firmeza a las autoridades que hagan el trabajo que les corresponde.
No nos toca a nosotros emitir juicios ni suponer los motivos de una ausencia. Lo que sí nos corresponde es levantar la voz para exigir el derecho a vivir en un municipio, en un estado y en un país donde se respire paz y verdadera justicia. No esperemos a que nos falte alguien en casa, ni peor aún, a ser nosotros los rostros que un día alguien tenga que buscar en un poste de la avenida Juárez.






